lunes, 31 de mayo de 2010

Estaba nublado, era de noche y no sabía muy porque seguía afuera.
Tal vez sólo quería alejarse de aquel lugar al que alguna vez llamó hogar. Alejarse de los gritos, el llanto, las discusiones. Pero sobre todo, quería alejarse del dolor.
Sabía bien que no se podía vivir sin él, pero, simplemente... En ese momento era demasiado.

Ni siquiera recordaba bien en que momento había salido. Hacía un par de horas, creo. Volvería en un par de horas más. Siempre volvía.

Subió la cremallera de su sudadera y se ciñó la capucha a la cabeza. Pronto llovería.

Sentía monedas y billetes en los bolsillos de aquella sudadera que tanto le gustaba; no sabía bien cuanto dinero traía pero más le valía saberlo pronto, porque no tenía ni idea de en dónde estaba y tendría que tomar el transporte público para regresar a casa.Por ahora eso no importaba.
Por lo menos, eso nunca había faltado en el lugar en que vivía; aunque no sabía bien que tan bueno era eso.
¿Qué más da? Pensó sin darle mucha importancia.

Entró a una pequeña cafetería que, aunque no lucía mucho por fuera, se veía bastante acogedora por dentro.

Deteniéndose en la entrada, se fijó en cada uno de los detalles del lugar. Los sillones bajos en vez de sillas, pósters de películas famosas donde debería de haber cuadros; todos los estilos y formas de arte mezclados entre sí cubriendo cada elemento del restaurante.

Se sentó en el más mullido de los sillones, aquel que daba a la ventana, la más alejada de la puerta. Tal vez éste se volvería mi lugar secreto, pensó disimulando una sonrisa.

Miró la carta que tenía en la mesa y pidió un latte de vainilla con un pay de queso a la mesera que se le había acercado, apenas la había mirado y sin embargo le dirigió una sonrisa. Se quedó mirando las gotas de lluvia que se estrellaban contra la ventana sin pensar en nada más. Se estaba acomodando en el sillón cuando escuchó que alguien entraba.
Allí estaba ella, parada como si fuese la reina del lugar. Con ese extraño aire de inocencia que la hacía inconfundible.


Después de todo, no había desperdiciado el día; no del todo.

lunes, 24 de mayo de 2010

Dejó que la lluvia empapara su rostro.

Dejó que sus oídos escucharan caer cada gota.

Cerró sus ojos ante el mundo que lo rodeaba.

Olía a tierra mojada... Eso era algo que recordaba bien...

Allí, atrapado en aquella ciudad tan abarrotada, en la azotea de mi casa, de donde todo se veía mejor; empezó a llorar.


Una por una, sintió como caían por sus mejillas; saboreando cada gota salada, extrañamente calientes...
Pero, vi que por cada lágrima, te iba olvidando. Te estaba dejando atrás a tí y a esos recuerdos, a esos hermosos recuerdos que hoy, duelen.

-Esta bien si ya no estamos juntos, supongo... que será lo mejor para los dos.- Fue exactamente lo que dijo, tras varios minutos que me parecieron horas. -Estaré bien.-

-No quieres que te lleve a casa?- Le pregunté. Sabía que estaba herido y no quería dejarlo así.

-No, quiero caminar, gracias.- Se despidió de mí con un cálido abrazo. No recuerdo que se despidiera de mí así desde que éramos niños.

Decidí que era lo mejor, que estaría bien. Era fuerte.

Yo por mi parte, estaba cansada y necesitaba dormir. Dejaría mi celular encendido toda la noche, seguro querría hablar y la noche era su momento favorito.



Pronto estarás bien. Te lo aseguro.

sábado, 15 de mayo de 2010

Eso era lo único que merecía mi atención. El tic-tac del reloj. Su interminable melodía y su perfecto ritmo.
No es que crea al tiempo lo suficientemente importante. No lo es, de eso por lo menos si estoy segura. Pero el sonido era constante y armonioso. Merecía ser escuchado.

En el otro cuarto, se escuchaba la acalorada conversación de mi familia y amigos. O bueno, así se hacían llamar; pero... No me sentía a gusto con ellos
Ni con el abrazo de aquellos a los que creí amar, o la compañía de aquellos que creía conocer.

No, pero se requiere valentía para admitir que alguien conoce a otro alguien.
¿Será valentía o pura tontería? Solo idiotez. Todos sabemos que no puedes conocer a nadie.

Permanecemos ignorantes ante el pensamiento ajeno. Vivimos entre extraños, y aún con esa realidad inminente; no dejamos de buscar a ese alguien que nos haga sentir especial.

¿Especial? Admitámoslo, no somos especiales. Somos sólo un error de la naturaleza, una falla en el planeta. Sin ton ni son. Sólo somos.

Pero, ¿por qué entonces nos asusta la soledad? ¿Qué es aquello que tanto nos atormenta?

Es eso. Estar sin nadie a tu lado. Pensar, reflexionar, vivir, existir. Conocerte. Y reconocerte a tí mismo.

¿Es eso lo que tanto asusta? ¿Darse cuenta de su verdadera personalidad? ¿Les da temor notar la realidad de su ser?

No entiendo que tiene de malo la soledad. Muchas veces es la mejor compañera.
O incluso, una amiga.

Supe de alguien, no de alguien cualquiera, de UN alguien, que, para él; la soledad era una droga. Que no se puede vivir sin ella pero tampoco con ella.
Realmente creo que es así. Y, aunque jamás lo había pensado de esa forma, me encanta.

Continúa el reloj con su interminable tic-tac. A muchos los desespera, a mí en cambio, me relaja; porque a diferencia del mundo en el que vivimos, es constante

lunes, 10 de mayo de 2010

Uno.
Dice amarme, pero ni siquiera me hace caso
Dos.
Dice amarme, pero dijo que me había vuelto “mediocre”.
Tres.(Y se supone más importante).
Creo que le incomodo. O ya no me ama. O no le intereso más. O solo … Se ha olvidado de mí…

domingo, 2 de mayo de 2010

Tristeza.

Felicidad.

Soledad.

Sentimientos, emociones, situaciones que nos hacen la vida imposible.

En el fondo, sabemos que si no existieran seríamos la máquina perfecta.

Sin remordimiento, sin culpa, sin conciencia.

Por desgracia, son todas estas realidades las que nos vuelven humanos, las que nos diferencían de las bestias.


....


No sé que más decir.

Sólo expresaba mi burda, humilde y vana opinión.


Pero me pregunto, ¿son estas las situaciones las que nos acercan, o nos alejan de convertirnos en bestias?